viernes, 18 de mayo de 2018

"Para ti"

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 "Como espiga en trigal"
*
Para ti, primavera luminosa,
florida, perfumada, femenina,
cambiante, gentil hada milagrosa
que con tu sola presencia ilumina
los sueños y en ellos reposa;
contigo la nueva vida germina.
Te quiero eterna, dulce, seductora,
siento en mi ser tu acción benefactora.
 
Lola Barea

domingo, 29 de abril de 2018

"Sigo en alerta"

Imagen: Fuengirola, Málaga.
 ***
Estoy aquí, siempre alerta,
sosteniéndome sin descaso,
mordiendo palabras, tragando suspiros.

Llega fuerte aguacero y no pasa de largo,
traicionera ráfaga de viento aquí se queda.
Esa soledad, que me va masticando,
voy buscando sonido para combatirla.

Espero con esperanza lo que no llega,
aquello que siempre pensé  que era lo gusto,
ahora, entre  descosida y desnuda  promesa
me voy calzando de mi débil fuerza.

Aquí me tenéis, en la ya necesaria sombra,
intentando hacer de mi silencio versos rosas,
a veces aparentando que no duele,
alardeando de libertad de mentira,
de una libertad que no existe,
cuando todavía en el tiempo robado
la va manejando otro, creyéndose dueño.

La vida  que no he vivido se agota,
aunque con dificultad se sostiene,
ya me llegó la vejez, ya es mía, me pertenece,
doloridos y torpes pasos me los va recordando.

Gritar quisiera el dolor del secreto,
el miedo lo impide dejándolo
incrustado en la oscuridad de mi garganta.

Sigo aquí, donde ya no quisiera,
a veces en alerta, otras agotada,
con ansias de cerrar los ojos
y de una vez por todas se apague su luz
como viejas farolas rotas.


 
Lola Barea Barrera.

martes, 24 de abril de 2018

“Y estalló el viento”

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Ahora que he encontrado tu cálido  rincón, te aseguro que no se me perderá,  porque deseo vivir apasionadamente en tu cobijo, y avivar aquellos lejanos momentos de  felicidad.
 
Resulta que ahora ya no es una tarde como tantas tardes…y el viento está lleno  de furiosa voz, me lo dicen unos ojos, mientras que los míos quieren observar el mundo que le está esperando.

Yo que pensaba mezclar nuestras aguas, y juntos pintar  un cuadro con nuestras etapas compartidas.
Pero, se nota que no siempre sopla el viento de igual manera.

Código de registro: 1704121696065

Lola Barea

viernes, 20 de abril de 2018

Buenos días

 
 
 
***
 
Y se presentó el amanecer,
era cálido su alboreado,
con su brisa construyendo
surcos ondulados…,
le veo lejos, le siento cerca.
 
 
Lola Barea

domingo, 25 de marzo de 2018

"Treinta y ocho años de Nostalgia"

Este relato quiero dedicárselo a todas aquellas personas que por un motivo u otro tuvieron que emigrar, muchos de ellos, soñaron o sueñan con volver a sus raíces.

RELATO

 

Me gustaba vivir en mi pueblo, en mi antiguo barrio.
Cuando me casé, me fui a vivir a Madrid, aunque me divorcié al poco tiempo de casarme, nunca volví, siempre tropezaba con algún motivo que impedía mi vuelta al pueblo.
Cuando mi madre me visitaba a la capital, me contaba todas las cosas buenas o malas que iban sucediendo en el pueblo, yo me quedaba embobada escuchándola, como si se tratase de una película de drama, de amor o suspense.
Hablar de mi antiguo barrio, era revivir de nuevo mi niñez,  mi juventud, los mejores momentos...los más bellos de mi vida.
Jamás he olvidado la primera vez que me enamoré, mientras yo me bebía los vientos por el chico guapo del barrio, Adrián, él los bebía por la hija de la farmacéutica, mientras que ella, Isidora, bebía los vientos por todos los chicos del barrio, menos que por Adrián.

Los padres de Adrián marcharon a trabajar a Alemania, y el guapo Adrián, marchó con ellos. Me quedé triste, la tristeza duró poco tiempo, los amigos y amigas y la ausencia de sus cartas hicieron que Adrián pasase a segundo o tercer plano.
Mi barrio y mi gente, los he llevado en mis pensamientos y muy dentro de mi corazón, por siempre.
Lo que más me duele de todo es, no haber hecho nada, nada por rellenar esa maldita carencia, la que he arrastrado todo este tiempo, carencia que ha llegado a convertirse en una grave nostalgia.
Después, de treinta y ocho años, he vuelto a mi pueblo, sí, estoy aquí, en mi antiguo barrio, en la casa donde nací. Estoy sentada en una silla en medio del salón, al lado del ataúd…donde está el cuerpo sin vida de mi madre.
La puerta de la casa está abierta, los vecinos van entrando, me dan el pésame, se van acomodando cada uno por donde pueden. Sus caras me son desconocidas. Sus arrugados rostros y mis lágrimas impiden reconocerlos, solo los ubico en mi mente cuando me dicen sus nombres o sus motes.
El salón está lleno de gente, todos guardan silencios. Silencio es la forma de mostrar respeto al difunto y mi madre se había ganado ese respeto de todo el pueblo.

Cierro mis ojos, como si de una cinta de video se tratase, voy rebobinando el tiempo, entro en aquellos años, tan bonitos, los que pasé en mi barrio, entre mi gente.
Reconocía a mis vecinos del barrio hasta cuando los veías de espaldas, o simplemente escuchando su voz.
Cuando me llegaba el olor a puchero, de la tía Angelita, ya sabía que, en una hora a más tardar, tía Angelita, estaba en mi casa, pidiéndole hierbabuena a mi madre, y ofreciéndole un tazón de caldo para mi abuela, luego mi abuela le ponía a la sopa unas rebanadas de pan y la compartía conmigo, me sabía a gloria bendita.
Recuerdo, la frutería de la esquina, del simpático Aitor, el francés, cuando iba con mi madre a por frutas, siempre me daba unos frutos secos. Aitor se quedaba embobado mirando cuando yo partía las almendras con mis flamantes dientes. ¡Qué maravilla, ya quisiera tener esos dientes para mí! Decía el frutero riendo.
A pocos metros de la frutería, estaba el despacho de pan, siempre nos despachaba la dueña, Carmela la Rubia, una mujer muy gorda, le recuerdo gorda porque siempre se estaba quejando de su gordura. Ella decía que, apenas comía, agua que bebiese agua que le engordaba. Y yo pensaba. Pobre Carmela la Rubia, como no iba a engordar si tenía la fuente de la plaza en frente de su puerta.
La taberna de Frasquito, con tres barriles en la puerta, los cuales hacían de mesas. De vez encunado, iba con mi abuela a comprar el mejor vinagre del mundo, así decía ella.
Justo enfrente de la taberna, estaba la pequeña floristería de Manolita la solterona, a ella les llamábamos Manoli.
Manoli, solía poner los cubos de flores frescas, a cada lado de la entrada a la tienda, haciendo una especie de caminito florido. Dentro, las flores disecadas, las artificiales, los lazos de colores, jarrones de cristal y de cerámica, también los adornos para las bodas, árboles y bolas de navidad, y coronas para los difuntos.
Me gustaba pasar por aquel caminito florido hecho de cubos con olorosas flores.
Yo, llevaba la intención de rozarme por las rosas y los claveles, para que se me quedaran sus perfumes en mi vestido.

Nuestra vecina Rosarito, viuda y sin hijos, era como si fuese de la familia.
Cada mes, cuando cobraba su pensión de viudedad, me mandaba a la floristería de Manoli, a comprar un ramo de flores.
Me gustaba acompañarla al cementerio.
Por el camino, yo le llevaba el cubo azul, dentro del cubo, una bayeta y una botella con agua, me gustaba beber de aquella botella forrada con esparto. Ella, llevaba el ramo de claveles rojos y diminutas margaritas blancas.
Cuando llegábamos frente a la tumba de su marido, Anselmo, yo le sujetaba el ramo de flores, mientras que Rosarito, quitaba los claveles secos, limpiaba el mármol y ponía los claveles frescos.
Una vez que Rosarito había terminado de limpiar, se ponía de pie delante de la tumba y decía una oración, oración que nunca entendí su significado, porque solo movía sus labios, convertía sus palabras en un dulce y rápido sonido. Después, con sus dedos, se hacía la señal de la cruz, y cogía un clavel, le cortaba el tallo, y se lo guardaba en el bolsillo de su vestido, ancho y negro. 
Un día que íbamos hacia el barrio, ya de vuelta del cementerio, le pregunté, ¿por qué le quitaba un clavel al ramo? ella me contó, cuando estaba a sola en su casa, se ponía el clavel entre sus pechos, para no notar la ausencia de su marido y no sentir la pena de su pérdida.
Desde entonces, acompañaba a mi abuela cuando visitaba a Rosarito, con la intención de verla con el clavel puesto entre sus pechos.
Un día, mientras mi abuela y Rosarito hablaban, yo levanté la cortina del cuarto, donde Rosarito dormía, me acerqué hasta la mesita de noche, allí había un clavel rojo, puesto en un vaso con agua, una vela encendida y un retrato de su marido, de Anselmo.
Cuando descubrí que Rosarito ponía el rojo clavel en un vaso de agua y no entre sus pechos, ya dejó de apetecerme acompañarla al cementerio. Fue una desilusión para mí, pues, había pensado hacer lo que hacía Rosarito.
Cuando mi abuela o mi madre muriesen, yo cogería un clavel de sus tumbas, y lo llevaría conmigo. Yo pensaba que aquella magia era un buen invento, la magia que curaba las penas. La magia se me esfumó, al no verle la flor puesta entre sus pechos.
La última vez que acompañé a Rosarito al cementerio, fue por petición de mi madre. El camino se me hizo largo y aburrido, apenas hablamos. Cuando llegamos, Rosarito hizo lo de siempre, acabó su rara oración, se hizo la señal de la cruz, cogió el clavel, le cortó el tallo, me miró a los ojos, y sin decir nada, se lo hundió entre sus pechos. En ese momento, aquella bonita magia, la magia que curaba las penas, volvió de nuevo hasta mí.
Cuando íbamos llegando al barrio, Rosarito, se quitó el clavel, y se lo guardó en el bolsillo de su vestido, ancho y negro.
Detuvo sus pasos por un momento, se giró hacia mí, puso su mano sobre mi hombro, y mirándome a los ojos, me dijo, no puedo entrar en el barrio con el clavel entre mis pechos, la gente pueden malpensar…o lo que es peor, que hablen mal de mí.
Lo comprendí a la primera.
Con su cubo colgado en su brazo derecho, como si fuese un bolso, Rosarito, entró en su casa y yo entré la mía-.
Como si de una cinta de video se tratase, se fue rebobinando hacía delante, deteniéndose en el tiempo actual.
Han trasladado el féretro a hombros, hasta el cementerio, les doy las gracias a los jóvenes que se ofrecieron.
Me despido de todos los vecinos, los que junto conmigo, les hemos dado el último adiós, a mi madre.
El sepulturero, me dice, se hace tarde y tiene que cerrar la cancela del cementerio, le pido por favor unos minutos más, necesito hacer mi última visita.
 
A pocos metros está la tumba que tantas veces visité de niña, aquel nombre que leí y releí, ahora lo vuelvo a leer, Anselmo, Anselmo y Rosario. Cumplieron los deseos de Rosarito, cuando muriese la enterrasen junto a su marido Anselmo.
Cierro mis ojos, intento recordar aquella rara oración que decía Rosarito, me hago la señal de la cruz y unas lágrimas resbalan por mis mejillas, mojando el clavel que llevo puesto entre mis pechos.



Código de registro: 1706132601366
Lola Barea